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De risas y otras inmanencias

Rafael Echeverría da fin a su trabajo “Ontología del lenguaje” con un epígrafe titulado “La vida como obra de arte” que me gusta, tanto por su contenido general como por las referencias que hace de Nietzsche sobre el niño, el camello y el león y sobre Sócrates y la tragedia griega.

A su vez, me sugiere un hilo de reflexión que trataré de desenmarañar. Siempre que tocamos el tema de la construcción del ser, de uno mismo, de la personalidad, de la vida... vamos a topar con una abrumadora complejidad.

La libertad a la que aspiramos tiene que ver con desarrollarnos desde nuestra autenticidad. Autenticidad como aquello que conecta con lo que está dentro de nosotros.

La inmanencia, lo que surge del ser, tiene que ver con la autenticidad. Una inmanencia no reprimida, libre, supone una existencia auténtica. Pero la inmanencia surge del ser hacia afuera, surge orientada hacia algo que supera nuestro propio límite, nuestra piel. La risa genuina, espontánea y libre, surge para ser compartida con alguien. El deseo erótico surge para realizarse con el otro.

Ahora bien, si en lo inmanente es tan suyo su origen (desde dentro del ser) como su vocación teleológica (aquello que trasciende al ser hacia lo que se orienta o busca), encontraremos que nada axiomático podemos decir sobre lo inmanente, por cuanto que todo lo que es inmanente está cruzado, entrelazado y en recursión continua con todo lo que al ser se le ofrece desde el exterior para que lo adopte como “suyo” e incorpore a sus mecanismos inmanentes.

Virginia Imaz en un precioso artículo que titula “Entiendo el humor” escribe:  
“El humor o la falta de él responde a la "domesticación" profunda que conlleva la culturalización en el seno de cada tribu y clan familiar. En algunas ocasiones ha habido o hay permiso para la risa y en otras no y en el mejor de los casos hemos terminado aprendiendo a reír gracias que no nos hacían ninguna gracia. Quizás os ha pasado también, cuando se hace muy complicado explicar que no es que no hayamos entendido el chiste sino que no nos hace gracia, cuando le hace gracia a "todo el mundo". La penalización por la ausencia del sentido del humor hegemónico es tan fuerte, que a menudo los diferentes colectivos marginados o excluidos han acabado automatizando para reír referentes ajenos como propios.
Reír es bueno. Muy bueno. Siempre y cuando se trate de un ejercicio de libertad. Se ríe quien sabe, quien puede y quien quiere y de lo que le hace gracia. Lo demás puede derivar en la tiranía del buen rollo y de lo políticamente correcto: me río cuando toca, de lo que toca y donde toca.”

A veces, somos plenamente conscientes de que estamos haciendo un paripé, y no hay inmanencia en nuestra risa, es un mero aparentar. Pero esto no siempre es así, no siempre somos conscientes de que nos meten peces en nuestra pecera, y es requerido un profundo proceso de autoconciencia para descubrir aquello que “no era nuestro” pero hemos adoptado de una forma probablemente bastante obligada. Los procesos de autoconciencia de las mujeres dan cuenta de esto. Lo podemos ver en el siguiente párrafo de Marta Malo de Molina:
“los grupos de autoconciencia en sentido estricto nacen en el seno del feminismo radical estadounidense a finales de la década de 1960. Será Kathie Sarachild quien, en 1967, en el marco de las New York Radical Women, bautizará esta práctica de análisis colectivo de la presión, a partir del relato en grupo de las formas en las que cada mujer la siente y experimenta, como autoconciencia [consciousness-raising].
Desde sus orígenes, los grupos de autoconciencia de mujeres se proponían, según los términos de las feministas radicales, «despertar la conciencia latente» que todas las mujeres tenían de su propia opresión, para propiciar la reinterpretación política de la propia vida y poner las bases para su transformación. Con la práctica de la autoconciencia se pretendía, asimismo, que las mujeres de los grupos se convirtieran en auténticas expertas de su opresión, construyendo la teoría desde la experiencia personal e íntima y no desde el filtro de ideologías previas. Por último, esta práctica buscaba revalorizar la palabra y las experiencias de un colectivo sistemáticamente inferiorizado y humillado a lo largo de la historia.” [Prólogo a Nociones Comunes. Experiencias y ensayos entre investigación y militancia, Marta Malo de Molina]

Indicaba al comienzo que se trata de un tema de abrumadora complejidad, que es, a su vez, lo que me ha alentado a escribir esta pequeña reflexión sobre el interesante texto “La vida como obra de arte” de Echeverría, del cual extraigo la siguiente cita:
“Desde el camino del poder [esta alusión al poder se deriva de la reflexión previa en la que rebate el concepto difundido de poder como algo despreciable y corrupto, para afirmar con Foucault, aunque distanciándose en una interpretación equívoca de él, que el poder está inserto en toda relación humana], el ser humano se define, no como un ente contemplativo que se deleita en la observación de la verdad, tampoco como un alma en pena que transita por un camino de pruebas y sufrimientos, sino como un creador de su propia vida. El atributo fundamental de los seres humanos es su capacidad de actuar y, a través de ella, su capacidad de participar en la generación de sí mismo y de su mundo. (…) Pero en la creación surge otro aspecto importante: se transforma en un ser libre. Creación y libertad se requieren mutuamente. Nuestra capacidad de creación nos hace libres. Pero así como la creación es el ejercicio de la libertad, esta última solo emerge en el acto creativo. La libertad, en el sentido mas profundo, no es una condición jurídica, sino una condición del alma humana.” [Rafael Echeverría]
Estando de acuerdo en lo que plantea Echeverría, creo importante hacer una puntualización en el siguiente sentido:
  • Lo que creemos inmanente muchas veces responde a elementos que hemos incorporado y que se alejan de nuestra autenticidad. Repito la dificultad de distinguir entre mi parte genuina y mi parte alienada, pero muchas corrientes han trabajado en este espacio: feminismo, reivindicación sexual, reivindicaciones étnicas, comunidades lingüísticas minorizadas, reivindicaciones sociales y de superación de clases, etc. Me remito a estos tantísimos ejemplos para demostrar que gran parte de lo que uno es, no es más que lo que la cultura hegemónica del contexto histórico en el que se desenvuelve espera que sea. Y a esto yo no le llamo ni libertad ni autenticidad. 
  • Así, relaciono este texto con “La fábrica del hombre endeudado” de Alfonso Vázquez donde dice: “Devaluado el trabajo colectivo, el individuo debe constituirse como la fábrica de sí mismo para poder endeudarse y responder a la promesa de restituir la deuda, como ya había adelantado Foucault. Ya no se llama a trabajar –no hay “empleos”– sino a ser emprendedor para construir –en solitario– tu propia vida de consumidor activo.” Y reflexiono sobre lo bien que viene al discurso del poder establecido planteamientos como el de Echeverría –que repito, comparto– para transformar la idea de la “generación de sí mismo” genuino y libre en la “generación de sí mismo” adaptado a las necesidades del sistema capitalista actual o tardocapitalismo, como se le suele llamar: obediente y acrítico emprendedor, obediente y acrítico endeudado, obediente y acrítico contribuyente, obediente y acrítico consumidor consumista, obediente y acrítico... 
Emprendemos y emprenderemos, y quizá nos endeudemos, y pagaremos impuestos, y consumiremos y tantas otras cosas... Pero hagámoslo con la conciencia de cambiar, de transformar aquello que queremos que cambie del mundo en que vivimos, y no como mera adaptación conformista que consolida las relaciones actuales de poder.

El desculturalizador que lo...

Me he dado una vuelta en wikipedia por algunas eminentes figuras de la pedagogía. Para más detalle, trataba de saber más sobre los autores que más influyeron en Elbira Zipitria. Probablemente escribiré algún post sobre ella más adelante (aunque muchas veces estas buenas intenciones se me queden en el tintero :(...)

He encontrado muchas cosas sugerentes. Pero hay que elegir, y me voy a detener en los estadios de desarrollo cognitivo formulados por Piaget:

Fuente: Piaget –wikipedia:

"Piaget demuestra que existen diferencias cualitativas entre el pensar infantil y el pensar adulto, más aún: existen diferencias cualitativas en diferentes momentos o etapas de la infancia. En sus estudios observa que existen distintos periodos o estadios de desarrollo, llegando a definir una secuencia de cuatro estadios de desarrollo cognitivo (que él llamara "epistemológicos"):
  1. Estadio sensorio-motor: Desde el nacimiento hasta aproximadamente un año y medio a dos años.
  2. Estadio preoperatorio: Aproximadamente entre los 2 y los 7 años de edad.
  3. Estadio de las operaciones concretas: De 7 a 11 años de edad.
  4. Estadio de las operaciones formales: Desde los 12 en adelante (toda la vida adulta).
El sujeto que se encuentra en el estadio de las operaciones concretas tiene dificultad en aplicar sus capacidades a situaciones abstractas. Si un adulto (sensato) le dice "no te burles de x porque es gordo... ¿qué dirías si te sucediera a ti?", la respuesta del sujeto en el estadio de sólo operaciones concretas sería: "YO no soy gordo". Es desde los 12 años en adelante cuando el cerebro humano está potencialmente capacitado (desde la expresión de los genes), para formular pensamientos realmente abstractos, o un pensamiento de tipo hipotético deductivo."
En el mismo texto de wikipedia –no sé si es una opinión del particular wikipedista o se trata de una afirmación que el mismo Piaget sostendría (al menos así formulada)– dice: “lo cual no implica que no haya en la sociedad humana actual una multitud de adultos cronológicos que mantienen una edad mental pueril, explicable por el efecto del medio social”.

Me resulta muy interesante esta conceptualización (idea) de distintas formas de cognición y asimilación según el estadio de desarrollo o madurez cognitiva. Lógicamente, hemos de pensar que el desarrollo cognitivo del niño no se produce sólo por efecto de la edad, sino que tienen que darse los estímulos adecuados para que el desarrollo se produzca: un niño difícilmente aprendería a andar si no se le permite moverse, ni aprende a hablar si no escucha el habla, incluso pierde la capacidad de poder aprender a hablar, como el caso documentado de Víctor de Aveyron... La edad sería así condición necesaria pero no suficiente.

Los estadios definidos por Piaget responderían a los comportamientos esperados estadísticamente en cada edad. Así, dado que se basó en investigaciones de campo para esta conceptualización, los resultados de su estudio están condicionados por el tipo de educación que se proporcionaba a los niños en el momento y lugar del estudio.

El desarrollo cognitivo depende, así, de factores tanto biológicos como ambientales: cada individuo tiene un potencial de desarrollo marcado por sus genes, que dependiendo de los estímulos ambientales, se desarrollan –en todo su potencial, sólo en parte– o no se desarrollan, condicionando así el desarrollo de estadios posteriores. La frase anterior es sólo una forma de hablar, una necesaria simplifcación del lenguaje sobre una complejísima realidad; podríamos hacer muchas precisiones y matizaciones: por ejemplo, hay que matizar que no tenemos la menor idea de cuál puede ser “todo el potencial” de cada uno de los estadios de desarrollo (tomemos los formulados por Piaget u otros), sólo podemos tener una noción de ello (los pedagogos y educadores experimentados la tendrán) partiendo del tipo de educación que en cada momento histórico se da.

Es evidente, por otro lado, que hay diferencias en la capacidad de asimilación y cognición no sólo entre distintas edades sino también entre distintos adultos. Encontramos ejemplos de ello en cada momento. Las capacidades de abstracción de las personas son muy distintas. Esto complica la profundización de temas en un momento histórico –el actual– sometido a la cultura de masas.

Todo comunicador expresa preocupación y miedo por "que se entienda”. Es como si una vez llegados a la edad adulta consideráramos que ya no es necesario ningún esfuerzo intelectual, todo ha de “entrar” de forma suave, fácil, sin esfuerzo… ¿Y si relajáramos ese miedo, y tratáramos de recuperar aquel viejo reto? El reto de aprender, de desarrollarnos, de alcanzar nuevos niveles de conocimiento... ¿o es que se nos ha olvidado que todo eso requiere esfuerzo? bien claro lo tenemos, sin embargo, cuando nos referimos a niños y a jóvenes... El viejo reto de una sociedad (como colectividad, como suma de individuos) que se sigue desarrollando.

La evolución del cine es un buen ejemplo de esto: ¿dónde están los Buñuel, los Bergman, los Truffaut, o los Hitchcock? Y no digo que hoy no tengamos esos talentos –que seguro que los hay– sino que no encuentran en su alrededor el humus necesario para crear y retar: todos tan preocupados por no salirnos de aquello que nos vaya a garantizar muchas entradas en el blog, o muchas ventas del libro (o panfleto), o una fácil distribución del “producto cultural” en cuestión.

El desarrollo de la capacidad cognitiva no termina a los 12 años. Sino más bien, nuestro tipo de actividad cognitiva nos puede llevar a atrofiar el músculo –permítaseme la expresión– cognitivo o a seguir expandiéndolo, siendo capaces de aprehender conceptos y realidades cada vez más complejas y desde enfoques más enriquecedores.

Y aquí tengo que hacer una crítica a los media, que no tienen interés en ejercitar nuestro “músculo cognitivo”, sino más bien lo contrario… Pero no vale el victimismo. La responsabilidad y la potencialidad es nuestra, de cada una de nosotras. Todos podemos asumir mayor protagonismo y constituirnos en una especie de “resistencia” en el páramo –masivo– del desarrollo cognitivo e intelectual, o así lo creo yo desde mi ¿ingenuidad?.

(Mientras escribía esto, he leído este artículo de Enrique Gil Calvo de ayer en El País: Lecturas en corto y ruido en la Red, que tiene relación con esto de lo que hablaba)

Y una cita de Slavoj Žižek en “El acoso de las fantasías”:
“Con respecto al ciberespacio se debe adoptar una actitud “conservadora”, como la de Chaplin con relación al cine sonoro: Chaplin estaba mucho más consciente de lo normal del impacto traumático de la voz como un intruso ajeno a nuestra percepción del cine. Del mismo modo, el proceso contemporáneo de transición nos permite percibir lo que estamos perdiendo y lo que estamos ganando –esta percepción se tornará imposible en el momento en que aceptemos totalmente y nos sintamos como en casa con las nuevas tecnologías. En pocas palabras, tenemos el privilegio de actuar como ‘mediadores que desaparecen’”.
Tengo la sensación de que hace unos años o unas décadas, se podía hablar –se hablaba– de la cultura de masas y su efecto desculturalizador desde esa perspectiva de la transición. Hoy –parafraseando a Žižek– puede que esta percepción se haya tornado imposible…

Veo que me he extendido… dejaré la reflexión sobre el ejemplo que me ha resultado, también, muy sugerente para otro post…

A disfrutar!!!

Ego, reconocimiento y poder

Este fin de semana vi Up, una bonita película de Walt Disney Pictures y Pixar Animation Studios. Muy tierna.

nunca es tarde para cumplir tus sueños;
siempre hay una vida que puede renacer en ti, sólo es cuestión de dejarse;
la esclavitud del apego a los objetos, a los recuerdos y a las ideas;
la importancia del cariño;
la agradable cotidianeidad frente a la incertidumbre de la aventura;
hay muchas formas de vida (para mí y para los demás)....

Y otras muchas sugerencias...
El personaje del explorador Charles F. Muntz ilustra un tema que me parece muy interesante. Su ego, su necesidad de ser reconocido, le hace vivir sólo para el objetivo con el que cree que lo lograría, convirtiéndolo en un ser monstruoso y vil. El ego, cuando no sabemos liberarnos de él, nos hace lesivos y autodestructivos.

Es curioso. Necesitamos reconocimiento, pero si lo necesitamos demasiado, esa necesidad nos destruye. Es curioso, porque, además, parece que si prescindimos demasiado de nuestra identidad, si nos “vaciamos” demasiado, desembocamos también en una forma de destrucción. ¿Una de esas paradojas aporéticas?

Entonces, se trata de ¿buscar reconocimiento o huir de esa necesidad?
Creo que hay un primer nivel en el proceso de crecimiento donde la persona necesita sentirse reconocida para el desarrollo de su autoestima. Una vez superada esta fase -si se supera- el crecimiento o desarrollo de la persona tiene que ir perdiendo conexión con la necesidad de reconocimiento y buscando en su propia inmanencia. De esto trataba precisamente uno de mis primeros posts: "Una aproximación al crecimiento personal desde el deseo".

El proceso de socialización (en el niño, en el adolescente…) es, en cierta forma, adquirir consciencia de las formas de reconocimiento social que se dan, y tratar de adaptarse a través de comportamientos que le ayuden a lograrlo y configurar una identidad con la que uno se sienta a gusto (o, al menos, se defienda con ella, permitiéndole desenvolverse con cierta autonomía en la sociedad, dependiendo de edades y otras circunstancias). Recientemente una persona me comentaba que "ligaba" mucho en su adolescencia o temprana juventud, pero ahora es consciente de que no lo hacía por sí misma, sino porque "le resultaba fácil, más fácil que aprobar", y era una forma de lograr un cierto reconocimiento en su clase y entorno de amigos. Otra amiga, en cambio, trataba de lograr reconocimiento aplicándose en los estudios, ligar no le resultaba tan fácil.

La necesidad de reconocimiento, nos orienta, en cierta forma, a renunciar a nuestro ser auténtico. O bien nos conduce a diluirnos en la masa, o al extremo de un ego destructivo.
Leo en un post de Maria ptqk (Un manual de auto-ayuda para creative class. Regla nº 1: Ignora a todo el mundo), en el que traduce unas "reglas" propuestas por el viñetista Hugh MacLeod, estas frases que vienen a cuento:

- "No intentes destacar de la masa. Evita la masa."
- "La mejor forma de obtener reconocimiento es no necesitarlo."

Reflexionando sobre todo esto, me viene otro elemento: el poder. El poder influye en los mecanismos de reconocimiento, con lo que muchas formas de reconocimiento operan como formas de reproducción y consolidación del poder establecido. El reconocimiento, no es por tanto un mecanismo neutro, ajeno a las estructuras de poder. Y para poder escapar de esta lógica perversa sólo hay un camino: cultivarnos. Capacidad y actitud crítica, cultura, reflexión, madurez...

Así, uno de los mecanismos de poder más efectivos es el de adocenar a la sociedad (telebasura, infobasura, etc.)[1]. De esta manera, se logra la asunción masiva de las formas de reconocimiento social que interesa al sistema, es decir, reconocimiento según los estilos de vida y consumo. A título de ejemplo, esta cita del artículo "La vida sin tiempos muertos" de María Antonia Sánchez Vallejo: "[Además de haberse convertido en un bien de consumo obligatorio] la variable económica del ocio conlleva otra de estratificación social. El ocio nos especifica y nos estratifica socialmente."

En el reciente post Profesional de alto nivel planteaba, precisamente, una profesionalización desde el desarrollo personal integral. Para ello el verdadero profesional debe alejarse de la excesiva dependencia de la imagen y el reconocimiento. Lo que vale realmente es el significado que él o ella confieren a su trabajo. Tratar de buscar siempre formas inmediatas de reconocimiento u orientar la acción de uno persiguiendo imagen son caminos para abortar lo que podría ser una carrera hacia un gran profesional. Pero todo esto está muy presente: vivimos en la era donde la imagen fagocita a lo auténtico. El poder establecido tiene obviamente mucho más dominio y control sobre la imagen que sobre la emergencia de personas críticas, reflexivas, cultas, audaces, dispuestas a transformar la realidad.

Pensemos, por ejemplo, que todos los periodistas que ejercen, iniciaran una escalada hacia una profesionalización de alto nivel en el sentido del que hablábamos. En algo -en mucho- cambiarían los medios de comunicación, ¿verdad?. Y ello tendría un efecto multiplicador en el resto de la sociedad...

Ahondando en los riesgos para el profesional (y la persona) de la excesiva búsqueda de reconocimiento, pensemos, por ejemplo, en un profesional destacable por su liderazgo en procesos de transformación. Alfonso habló en una de nuestras sesiones del Foro Hobest sobre la idea del líder autodestructivo (Julen lo citó en este post, aunque con otros matices): El líder que tiene necesidad de seguir siendo el líder, seguir siendo reconocido como tal pase lo que pase… termina por hacerlo mal, hacer daño y hacerse daño. Una persona que vaya creciendo en su aportación a los demás, en su capacidad de ayudar al desarrollo de los demás, debe aprender a hacerse prescindible, a desaparecer, a no ser necesaria, a autodestruirse como líder por el bien de su entorno, y también por ella misma, para seguir construyéndose y construyendo como persona y como profesional. Quizá hasta debe aprender a que otros a veces le vean como perdedor, a no estar siempre en las alturas.

Por cierto, que de esto también hablé en “El mal de alturas”, mi primerísimo post (donde veo que os hablaba de usted). Y además viene que ni pintado con las alturas de Up... Comentaba Espectra: unos de los comentarios más bonitos de este blog.

[1] Este post trataba, muy parcialmente, este tema: Inmadurez: ¿signo de nuestro tiempo?

El miedo a la libertad


"el hombre, cuanto más gana en libertad, en el sentido de su emergencia de la primitiva unidad indistinta con los demás y la naturaleza, y cuanto más se transforma en 'individuo', tanto más se ve en la disyuntiva de unirse al mundo en la espontaneidad del amor y del trabajo creador o bien de buscar alguna forma de seguridad que acuda a vínculos tales que destruirán su libertad y la integridad de su yo individual."


Erich Fromm: "El miedo a la libertad"

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Relacionado con esto:
"Despolitización = No democracia", 18-07-09

Chapeau, Manahmana!

Ayer tuvimos sesión del Foro de Ítaca. Una muy interesante sesión donde visitamos en su propio hábitat a Manahmana, primero de los embriones de empresa que nace de Team Academy Euskadi lanzado hace un año por Tecnalia. Por cierto que parece que a Mondragon Unibertsitatea le va mucho también esta historia del Team Academy y están haciendo las gestiones para lanzar a partir de septiembre nada menos que una licenciatura que se impartiría en Irun con esta filosofía de los finlandeses. Interesante. Mientras, los de Tecnalia, dada la positiva experiencia de 2008, esperan lanzar una nueva promoción a partir de enero con 25 plazas previstas (15 full-time y 10 part-time). Si te interesa saber más de ello, si crees que te podrías animar, visita su página o contacta con alguna de las 9 personas que constituyen la primera promoción (es decir, Manahmana), para que te lo cuenten desde su propia experiencia. (Por cierto, que por más que lo busco no encuentro ninguna forma de contacto con vosotros a través del blog: o es que estoy muy despistada o parece que eso de la orientación al cliente todavía...)
Siguiendo el hilo anterior, quizá tanto el proyecto de Tecnalia como el de MU puedan ser algunos de los embriones para empezar a innovar de verdad en materia de formación relacionada con la empresa, y por extensión, en educación. Innovar a través de prácticas foráneas de las que podamos aprender, pero también imprimiendo nuestro propio sello, es decir, los avances teóricos y prácticos que por estos lares se han hecho y se están haciendo.
La sesión de ayer daría para muchísimas reflexiones; tanto por la experiencia que nos contaron, como por las implicaciones socioeducativas que tiene; y también por el cuestionamiento que nos hicimos del propio Foro de Ítaca y de cuál es el vínculo que nos une. Por supuesto, no puedo profundizar sobre todo ello en este post. Pero sí me apetece enunciar ideas, dejarlas en el tintero por si poco a poco las voy desarrollando:
  • “¿Cómo crear el trabajo de tus sueños?” - “Los jóvenes ante el mundo laboral” – “El trabajo como una obligación de la sociedad para con uno o de uno para con la sociedad”
  • “¿Tiene futuro la empresa social?” - “La empresa humanizada es necesariamente social” - “El trabajo del conocimiento y la humanización del trabajo”
  • “¿Qué aporta el llamarte empresa?”
  • “Lo profesional no tiene nada que ver con lo deshumanizado, aunque a veces creamos que sí”
  • “La estructura y modelos empresariales al uso como un dinosaurio que se come todo: una caricatura perfecta en la experiencia de Manahmana”
  • “Empezar la casa por el tejado, por el despliegue individual y del equipo”
  • “La rigidez es una característica de los jóvenes, porque la configuración de sus valores es reciente” (Rosana)
  • “La virtud del mensaje breve”
  • Y también, pensando ya más en el Foro, sobre “la crítica inteligente y el peso del factor emocional” – “Converger y complicidad emocional”
Fueron Maialen, Bego-Maite y Elena junto con su coach Javier Ruiz –estos dos últimos, miembros a su vez del Foro de Itaca- quienes nos hablaron ayer de Manahmana, que por cierto debe su nombre a este divertido vídeo y a la idea de insistir y de seguir sacando siempre el niño que llevamos dentro.

Han pasado por momentos muy difíciles durante estos meses, momentos en los que sus esquemas mentales preaprendidos, construidos en gran parte desde el sistema educativo, podían sobre el sentido común y el ser uno mismo. Liberar todo ello ha costado sangre, sudor y lágrimas, pero hoy todo está claro entre ellos. Ya han entendido que todos tienen la obligación y necesidad de buscar clientes, que son un equipo y todo lo que puedan ayudarse entre sí será bueno para el conjunto. Han conseguido un nivel muy bueno de comunicación: se dicen todo, lo bueno, pero también lo malo, y eso hace que la relación sea buena y vayan aprendiendo todos de todo. Las diferencias hoy son más explícitas, pero se convive –se coopera- en la diversidad, sin pretender la uniformidad hacia el proyecto monolítico de empresa al que nos han acostumbrado. Como decía Alfonso ayer citando una reciente reunión que había tenido en Galfor: se trata de que cada persona en la organización avance hacia su propio proyecto y no de endiosar un proyecto compartido, que quizá nadie –más que su impulsor- realmente comparte.
Me quedo con la gratificante idea de que estos de Manahmana se lo están currando y van por buen camino. No he oído palabras vacías, sino mucho significado, que siguen construyendo. Autenticidad, en definitiva, que es lo que vale para aportar valor. Y en estos momentos hay mucha ilusión y que no falte. Nos citaba Javier ayer en la comida una frase célebre atribuida a Winston Churchill: “El éxito es la habilidad de ir de fallo en fallo sin perder el entusiasmo”. O sea que ánimo Manahmana, que vais por buen camino, por uno que pocas personas eligen: Es más fácil opositar o echar papeles para una multinacional, pero difícil conseguir así “el trabajo de tus sueños”.

___________________________ Posts y cuadernos relacionados:
De verdades y mentiras
Cuaderno de trabajo 4: Educación

"Hay que empezar desde la educación"

“Tienes una obsesión moral
por referir todo a lo bueno y lo malo,
sin entender que la vida es otra cosa,
más allá del bien y del mal,
espantosa y esplendorosa a la vez.

Vivir no es elegir uno
u otro lado de la barrera,
sino sumergirse en el torbellino
donde se mezclan y bifurcan a la vez
sensaciones, vivencias, conductas de todo tipo.

Hay gente que vive una vida ordenada,
establecida, moralmente irreprochable,
pero hay un mundo fuera que no es ese,
y es el mundo donde se decide la vida…”

El otro día volví a escuchar aquello de que “hay que empezar desde la educación”. En este caso era referido al tema de la violencia de género, con motivo de un concurso dirigido a adolescentes para guiones de cortometrajes que abordaran ese tema. La idea me pareció bonita y positiva. Pero me volvía a preguntar si no ponemos demasiadas expectativas en este tipo de iniciativas…
Parece que la idea que subyace a la tantas veces oída “hay que empezar desde la educación” es que tenemos asumido que las generaciones de adultos actuales somos incorregibles, pero sin embargo, creemos que podemos moldear a los jóvenes en los valores que establezcamos como positivos, y así, la sociedad en unas décadas estará regida por los valores positivos y amorosos que a todos nos gustaría…. Qué gran ingenuidad, ¿verdad?
Los valores de una persona se van formando a través de millones de inputs, y de éstos, como tantas veces se dice, los orientados desde el sistema educativo representan sólo una pequeña parte. Los medios de comunicación y el entorno próximo influyen tanto o más que el sistema educativo en la formación de valores. Son aquellos los que prevalecen, sobre todo, cuando son contradictorios con los valores orientados desde el sistema educativo, porque representan un espacio más vital para el niño o adolescente, dando lugar a dos planos: el plano de los valores realmente incorporados y el plano de los valores políticamente correctos.
¿Y qué sucede en aquellos casos en los que no hay tanta contradicción, es decir, en aquellos casos donde el resto de los espacios del niño o adolescente está en relativa sintonía con los valores que se orientan desde la educación, cuando se asumen los valores políticamente correctos? Reflexiono algo sobre ello.
Me pregunto si no tendemos cada vez más a presentar desde el sistema educativo un mundo ideal –un mundo que no está fuera.
Hoy no se dan las visibles –claro que me son visibles hoy a mí- inconsistencias que se daban hace 50 años en la educación. Entonces la violencia en las aulas era aceptada, la autoridad del profesor se podía ejercer de forma tiránica, la disciplina exigida al niño podía llegar a ser inhumana, y se enseñaban contenidos de dudosa utilidad, no sólo desde el punto de vista del conocimiento, sino de las habilidades ejercitadas, donde parecía que el ejercicio de la memoria era la base de todo.
Hoy el sistema educativo ha evolucionado muchísimo, tanto en contenidos, como en métodos y en la erradicación de la violencia y métodos coercitivos. Lo que me preocupa es que a lo largo de los cursos y desde distintos enfoques y materias se va haciendo una referencia continua a una sociedad ideal: Las iniciativas de concienciación, y el apoyo recibido de los medios a estas campañas, etc. giran siempre entorno a la pregunta de “cómo debiera ser”. Y creo que esto va construyendo en el imaginario de los niños-adolescentes una sociedad ideal que supuestamente “está fuera”. Cualquier problema que tenga la sociedad - desde el ecologismo, la identidad sexual, la violencia, la injusticia, el racismo, el machismo, etc…- se pretende solucionar “empezando desde la educación”, en la práctica esto se traduce en que se presenta a los niños-adolescentes cómo debiera ser un mundo sin ese problema, lo que lleva a que lo ignoren, a que lo crean solucionado, superado.
Supongo que todas las mujeres que entramos en el mundo laboral o profesional nos llevamos muchos disgustos y decepciones hasta que vemos que aquel mundo donde existe la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres sigue siendo algo ideal, no material. Diría que es una aspiración ideológica conquistada como valor ideal, pero seremos cínicos si confundimos esta conquista con lo que realmente ocurre.
Lo mismo sucede con múltiples temas, donde el acuerdo, el consenso a nivel ideológico es muy elevado, pero, la realidad es otra muy distinta. El lenguaje políticamente correcto es la mejor expresión del plano ideológico, y de lo vacío que llega a ser.
Temo que este lenguaje construya personas que no comprendan lo que sucede a su alrededor, cuyas emociones más frecuentes en relación a la socialización vayan a ser la frustración y la impotencia en grado extremo. ¿Van a tener estas personas habilidad, fuerza y recursos para adentrarse en el mundo donde “se decide la vida”? ¿O vivirán una vida de seguir la ola como puedan? ¿De adaptarse a lo dado?
La sociedad en la que nuestros hijos se van a desenvolver no se va a mover en el plano de lo ideal, nos guste o no. Sin hacer ningún juicio de valor sobre los valores en sí -ya que esta reflexión me parece aplicable sean los que sean- ¿qué conseguimos educando a personas en ese plano ideal cuando sabemos que la sociedad en la que se van a desenvolver no se va a mover en ese plano? Reflexiono sobre la gran frustración que esto causa, que será seguida por un sentimiento de impotencia y alguna vía fácil de “yo me sumerjo en mi mundo y a los demás que les den tila”… ¿No estaremos haciendo que, educados en ese plano ideal, se vean impotentes para actuar en la sociedad real? ¿No sería más eficaz un mayor acercamiento a la realidad para explorar formas desde ella de luchar contra aquello que no nos gusta, contra aquello que coarta la libertad, contra aquello que es injusto?
Cuando has aprendido que el mundo real tiene mucho que mejorar, puedes desear hacerte mayor para empezar a cambiar cosas. Cuando has aprendido que el mundo ya está muy avanzado, que todo está encauzado,… ¿puedes sentir también ese deseo de contribuir a mejorar o ya no hace falta?
Creo que más que presentar un mundo ideal, un mundo de relaciones ideales, la educación debiera enseñar cómo luchar contra aquello que no es aceptable, porque, y así concluyo, la educación se puede estar convirtiendo en una herramienta al servicio de la separación entre planos ideales superficialmente vividos y planos donde se decide la vida, o dicho de otra manera, una herramienta al servicio de la infantilización de la sociedad en lugar de contribuir a la formación de personas libres, maduras y agentes de su propio destino.


Maite Darceles
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Cuaderno de trabajo 4: Educación

Una aproximación al crecimiento personal desde el deseo

Todos los escritores que nos gusta leer nos atraen precisamente porque de una u otra manera hablan de la esencia humana, de lo que somos en nuestro ser más profundo, de nuestras contradicciones y, también, de cómo las personas se encuentran a sí mismas o encuentran sentido a su existencia. Hay miles de relatos literarios que recogen –con mayor o menor acierto, que gustarán más a unos que a otros- estas vivencias subjetivas que a veces aportan nuevas miradas, nuevas pistas a quien las lee o ve en una película. Hablamos de encontrarse, emanciparse, liberarse, realizarse, autorealizarse, desarrollarse, crecer… No tengo el menor interés en hacer en este escrito tentativas de generalización sobre cómo alcanzar la realización –hay muchos libros de autoayuda y muchos autores que han alcanzado fama y publican bestsellers con estos temas-. Yo más bien quiero reflexionar sobre la idea de la imposibilidad de llegar a esa generalización dada la esencia subjetiva e inmanente del proceso de crecimiento, con las implicaciones que ello tiene, por ejemplo, para las herramientas en gestión de personas que se inventan y reinventan. Y como inmanente que es, también quiero sugerir la relación entre el proceso de crecimiento y el deseo. ¿Puede alguien sin deseo ser libre? ¿Y ser una gran persona, capaz de grandes cosas –en el mejor sentido de la palabra “grande”?
Una de las primeras aproximaciones que tuve a la idea de crecimiento fue en la carrera con la pirámide de Maslow. Como sabéis, este autor habla de cinco niveles de necesidades que el ser humano va alcanzando por niveles, requiriendo –según este modelo- tener uno cubierto para ascender al siguiente, y en la cúspide se coloca la realización personal. Llevando a un extremo caricaturesco este modelo, podríamos caer en la tentación de pensar la humanidad como algo cuyas necesidades pudieran objetivarse y medirse, para perseguir así fórmulas que nos condujeran a mayores cotas de satisfacción global. Pero, intuitivamente algo nos dice que esto nunca podrá ser… No hay objetivación posible en algo tan subjetivo como el crecimiento personal, creo yo. Y aquí podemos encontrar la clave del fracaso del sistema educativo en el sentido de que la enseñanza reglada y objetivada no da sujetos más emancipados, libres, maduros y “crecidos” como habrían esperado nuestros abuelos, para quienes estudiar era un privilegio reservado a los ricos. Es obvio que el acceso a la cultura crea personas con mentalidades más abiertas, que son capaces de desentrañar lo esencial de lo superficial. Pero hoy por hoy a pesar del elevado número de personas que acceden a estudios superiores, no tenemos la sensación de vivir en una sociedad radicalmente más avanzada -plagada de personas realizadas- que hace unas décadas. Esta no es una sensación personal, ¿verdad?. Y creo que la clave está en que el proceso de crecimiento es un proceso no objetivable, sino subjetivo, único para cada individuo, que contrasta con la tendencia permanente hacia la objetivación del sistema educativo y los métodos académicos.
El niño nace y lo primero que percibe es a sí mismo, aunque necesite un proceso de aprendizaje -¿que dura toda la vida?- para entenderse… Nace con una pulsión de sí mismo que debe aprender a controlar y modular por el principio de realidad. Su entorno se encargará de enseñarle a contener su pulsión y a guiarse por algo que está fuera de sí mismo, pero que en buena medida interioriza (es la idea subyacente en el Superyo de Freud). Se trata de que el niño aprenda a objetivar, a controlar sus impulsos para tener comportamientos socialmente aceptables que le permitan convivir con otros en las reglas de juego que rigen cada sociedad.
Va adquiriendo modelos de comportamiento y normas objetivadas que le dictan desde algo exterior a sí mismo -aunque hayan sido ya asimilados e interiorizados- cómo comportarse para… Siempre hay un “para” cuando se actúa desde parámetros no inmanentes. “Hay que portarse bien para que mamá esté contenta y te quiera”; “hay que estudiar para aprobar los exámenes y pasar de curso”; “hay que vestir a la moda para no ser rechazada”; “hay que tener un trabajo para poder ser económicamente independiente”; etc.
Actuar según estas pautas da una sensación de seguridad al individuo. Seguridad de que va a ser aceptado en el grupo, de que está tomando las decisiones que se esperan de él y le van a deparar un mejor futuro, etc. A título de ejemplo, en sociedades con normas morales muy cerradas salirse de la norma puede poner al individuo en una situación muy delicada. Igualmente, quien hoy se sale de los patrones de consumo y estilo de vida considerados normales también se pone en una situación social delicada. Pero podríamos pensar en otros miles de ejemplos más sutiles como el lenguaje que utilizamos para que se nos etiquete de una u otra manera, lo mismo sobre el vestir o los hobbies que tenemos o los deseos que declaramos o lo que decimos y callamos en una reunión o ante el jefe… o los comportamientos derivados de la disciplina de partido en política…
Pues bien, llego a la conclusión –que supongo será obvia para muchos, pero quizá no para otros- que crecer es volver al deseo, a lo inmanente, es decir, a lo que surge del ser, quitándose capas de seguridad que te ofrece lo exterior, lo objetivado, o dicho de otra manera, establecer una nueva relación actitudinal en términos de pensamiento, emoción y acción con la propia subjetividad. El proceso de crecimiento es así un proceso de desaprendizaje y desprendizaje de elementos objetivos que nos daban una aparente seguridad para dejar que la subjetividad se despliegue, para irse encontrando uno con la desnudez de sí mismo: lo único que siempre lo va a acompañar.
Claro que entiendo este proceso como algo absolutamente social, no como una huida hacia uno mismo –cual si se tratara de un monje que se encierra en un monasterio para el resto de su existencia-, sino como un surgir de una individualidad más rica, que aporta más a su entorno y sociedad; que se erige sobre cimientos más sólidos por ser inmanentes, y por tanto indisociables del ser, inquebrantables.
Se avanza en el proceso de crecimiento, esencialmente subjetivo, a través de la compleja red de relaciones de todo tipo que cada individuo teje. Desprendiéndose de miedos, complejos y limitaciones, sin romper la red. Esto hace que sea tan difícilmente extrapolable y generalizable, aunque, como decía antes, la expresión de otras vivencias y subjetividades es fuente de mejor comprensión de la propia esencia. Recientemente leía el autobiográfico “El lugar” de Annie Ernaux que habla de la dolorosa búsqueda de un espacio diferente al que su entorno más cercano le ofrece, en coherencia -yo diría- con su plano de inmanencia. Es una mirada interesante sobre el sufrimiento con el que se recorren estos procesos.

Y tras todo esto, tras hablar de toda esta complejidad, vuelvo a un tema que he dejado enunciado en el primer párrafo: cómo se está abordando este tema desde las llamadas herramientas de gestión de personas.
Es obvio que alguien que vive su trabajo como algo que le motiva, le ilusiona, le emociona aportará muchísimo más que alguien que lo vive como una estresante y alienante pero ineludible obligación. Creo que nadie argumentará en contra de la tesis anterior. Ahora bien, el siguiente paso, una vez adquirimos conciencia de ello, puede ser –y de hecho en muchas ocasiones así es- algo así como: “es conveniente que el trabajo te ilusione, luego, te ordeno que tu trabajo te ilusione”, por supuesto, dicho con florituras, bonitos discursos, ejemplos de buenas prácticas, etc. Con esto el trabajador debe asumir otro elemento exterior más que se le impone, es decir, el de no dar muestras de que su trabajo no le motiva. Es fácil entender que esto no da como resultado un trabajo realmente realizador, sino que, como mucho, creará un nuevo plano de lenguaje y modos, contaminados de cinismo. Es fácil –en muchas ocasiones- descubrir la vacuidad de los discursos que hablan de lo importante que es lograr que el trabajo sea realizador, cuando se pretende que esto suceda “sin mover ninguna ficha”. Por decirlo de otro modo, que a alguien su trabajo le realice y le sirva para desarrollarse no es algo que pueda estar en manos del líder del equipo de trabajo si todos los elementos clave vienen dados. Si lo que queremos es un trabajo realizador, no basta con discursos, sino que hará falta que la esencia del trabajo pueda ser modificada, porque, en definitiva, es realizador aquello que surge de la propia subjetividad, y de ello tenemos un buen ejemplo en las artes. Suele caerse en una incoherencia total entre la pretensión de que una actividad sea realizadora y el hecho de que el sujeto que la realiza no tenga margen de decisión sobre el cómo, el qué, el cuándo y el para qué de dicha actividad. Concluyo así, diciendo que apropiarse de lo que uno hace es condición indispensable para que lo que uno hace le resulte realizador.
Maite Darceles

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Cuaderno de trabajo 4: Educación
Ego, reconocimiento y poder, 10-08-09