De verdades y mentiras

"Los artistas mienten para decir la verdad,
los políticos mienten para ocultarla"

... en el film "V de Vendetta", adaptación del comic o novela gráfica del mismo nombre de Alan Moore y David Lloyd.


Me sugiere reflexiones sobre la subjetividad y la objetividad, sobre la construcción de lo nuevo y la contención de lo existente, sobre lo auténtico y lo falso...

El artista tiene una motivación creadora, es decir, una motivación de transformar (algo de) lo existente. El político tiene una motivación de hacer preservar las relaciones de poder, no alterar demasiado las cosas, o, en todo caso, aprovechar las circunstancias para mejorar en esa posición de poder.

Estas imágenes son caricaturas, estereotipos: seguro que hay pseudoartistas que operan como políticos -más pendientes de la imagen y de la "objetividad" y de la racionalidad de las relaciones de poder que de la inmanencia de su propia subjetividad-, y seguro que, también, hay políticos auténticos dispuestos a luchar y transformar la realidad.

El uso de pseudónimos es un ejemplo de todo esto. Muchos artistas han "mentido" respecto de su identidad para poder expresarse libremente y desvelar la verdad de sus sentimientos, de su subjetividad. Es decir, "mienten" para ser lo que realmente son.

Otros -artistas o no-, en cambio, mienten para pasar por lo que no son, para hacer creer lo que no son. Hablé de estas cosas en "El mito del líder". Y cuando ocultan su verdadera identidad, por ejemplo al participar en blogs, lo hacen para que no se descubran los intereses personales que se esconden detrás de sus argumentos, en lugar de hacerlo para preservar -o expandir- su subjetividad, su intimidad, su libertad.

Ignacio Mendiola, autor del libro "Elogio de la mentira", hace unas reflexiones que, cuando menos, hacen pensar:
"La mentira es un refugio en el que el sujeto puede hacer habitable el vivir en sociedad y relacionarse con los demás. Permite que lo social funcione.
(...) [El elogio de la mentira] No es nunca una legitimación de la mentira.
(...) Si no, [sin mentira] en las relaciones sociales estaríamos completamente expuestos a los demás, seríamos totalmente transparentes, y eso es invivible.
(...) -¿Qué mentiras quedan fuera del elogio?- Las que convierten al otro en un objeto, las que borran el rostro de la persona a la que se miente, las que le convierten en un mero instrumento para conseguir un objetivo.
(...) Yo creo que la mentira y la verdad son difícilmente diferenciables. No funcionan como compartimentos estancos, sino que muchas veces son realidades que se superponen.
(...) Es necesario combatir la condena moral que históricamente la mentira acarrea".
Extraído de la entrevista de Eva Larrauri a Ignacio Mendiola en El País, 4/12/2006.


Siempre que nos refiramos a cualquier acontecimiento vivido por alguien (o varios o muchos álguienes) no hay objetividad pura posible, en el sentido de aprehender la verdad pura como si se tratara del resultado de un experimento de física. La verdad está en la percepción subjetiva de cada uno, en la diferente percepción subjetiva de cada uno. Y el peligro está en tratar de dar por objetiva la percepción subjetiva de uno. Creo que siempre hay que dejar un margen para el propio cuestionamiento y nunca hay que olvidar que todo relato se escribe desde la subjetividad. Desde aquí tenemos que avanzar hacia interpretaciones que respeten al otro en su propia subjetividad, que admitan la libertad del otro. Supongo que crecer, madurar tiene mucho que ver con entender que otros no sienten como nosotros, que no viven los acontecimientos como nosotros. Como nos decía Rosana: "La rigidez es una característica de los jóvenes, porque la configuración de sus valores es reciente" (Contexto: sesión Foro Itaca en Manahmana). En la medida que las personas maduran, a través de la vivencia de experiencias emocionalmente intensas, mejor, a través de aprender de estas experiencias emocionalmente intensas, en esa medida pueden aceptar el hecho de la diversidad humana, pueden respetar profundamente a otros desde lo que realmente son y no pretendiendo que sean de una manera determinada.

Si hablamos de la verdad de cada uno, entonces ¿hablamos de un relativismo total? No. Tiene más valor la verdad (la subjetividad) de quien se siente libre y respeta al otro y la libertad del otro. Volviendo a la cita inicial, tiene más valor una subjetividad más artística y menos política. La literatura y la filmografía está llena de ejemplos de cómo es imposible respetar al otro desde el propio miedo. Por tanto, vencer los propios miedos es determinante para desarrollar una personalidad, una subjetividad más capaz, más rica, más madura y más respetuosa hacia los demás.

Me encanta cómo expresa Violeta Monreal el concepto de libertad en el cuento dedicado a este sentimiento de su colección "El abecedario de los sentimientos" que, por cierto, es una colección muy recomendable para hablar de sentimientos con los niños:
"La LIBERTAD es un "FILIN" muy bueno, transparente como el aire o el agua, y tan fuerte como ambos. La libertad es el único sentimiento que vuela y nada.
Lo contrario es la TIRANÍA, un hada mala, grande y pesada que no vuela y siempre está abusando de los demás y pensando en qué puede robar."

Y no quiero cerrar este post sin traer unas citas del epígrafe sobre el "Tránsito por la subjetividad" en el libro "Estrategias de la imaginación" de Alfonso Vázquez:

"... esta solemne objetividad de lo político, de lo legislado, no es más que la subjetividad objetivada de quienes pueden ejercer el poder; es decir, la traslación de sus deseos, sus intereses, sus fobias y filias, al conjunto social en forma de verdades trascendentes. Todos sabemos cómo cambian en el tiempo esas verdades inmutables, cómo son barridas por los impulsos sociales y sus nuevas configuraciones políticas. Pero persiste el problema, ya que las leyes son sustituidas por nuevas leyes que, a su vez, se reclaman a sí mismas en el paradigma de la objetividad.
(...) la pretendida objetividad, al convertirse en ley, debe negar la subjetividad como irracional.
(...) no es extraño que, cada vez con mayor intensidad -aunque no con una claridad compartida-, percibamos la crisis instaurada entre lo constituido, lo objetivado, y el poder de lo emergente, de la capacidad innovadora y realizadora que se deriva del conocimiento en acción. Lo constituido, por su propia esencialidad -de mantenimiento de su dominio y las estructuras de poder adscritas-, necesita integrar en su origen lo emergente, cuando no destruirlo. La objetividad establecida como norma tiene que negar la subjetividad, ya que su despliegue la socava, la desestabiliza, la transforma en un acto de interacción permanente."
Foto de Vagabundos

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3 comentarios:

Julen dijo...

Como tantas otras veces, muy inspirador tu artículo. Para todo esto creo que nos hace falta reconocer lo paradójico como signo de nuestro tiempo. Y dicho esto, lo que no sé es cómo continuar...

Alfonso Vázquez dijo...

Pues coincido con Julen: Inspirador, inquietante y abriendo un mundo de bifurcaciones... Como Julen, me pido "tiempo" para comentar más, con todo lo que se me viene a la cabeza y al teclado con tu artículo. Gracias, Maite

ESPECTRA dijo...

De nuevo la máscara, el carnaval, el no ser para poder ser, el transmutarse en otro que no se es para ser uno mismo. Dios cometió una terrible irresponsabilidad promulgando las Tablas de la Ley: creó el pecado contra Él Mismo y así creó a los pecadores desde la nada anterior, y así creó la culpa, y así creó la expiación... Y, en el colmo del sadismo, tuvo que enviarnos a su Hijo para que sufriera tortura y muerte como redención de lo que Él había inventado para los humanos...
“Una paradoja similar es discernible en la dialéctica superyoica cristiana de la Ley y su transgresión (pecado): esta dialéctica no surge simplemente del hecho de que sea la misma Ley la que fomente su propia transgresión, la que genere el deseo de su propia violación. Nuestra obediencia a la Ley no es natural o espontánea, sino ya siempre mediada por el (la represión del) deseo de transgredirla. Cuando obedecemos la Ley lo hacemos como parte de una estrategia desesperada para luchar contra nuestro deseo de transgredirla, con el resultado de que cuanto más rigurosamente obedecemos la Ley, más ponemos de manifiesto el hecho de que, en lo más profundo de nosotros, sentimos la presión del deseo de pecar. El sentimiento superyoico de culpa está, en consecuencia, justificado: cuanto más obedecemos la ley, más culpables somos porque esta obediencia es, en efecto, una defensa contra nuestro deseo pecaminoso, y en el cristianismo el deseo (intención) de pecar se equipara con el “acto”. Si uno desea a la mujer de su prójimo, está ya cometiendo adulterio.”

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