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"Hace falta mucho orgullo y muy poca imaginación para juzgar a los otros"

"Hay un espejismo de la exterioridad. Vistos desde fuera, los malos parecen malos y los buenos, absolutamente buenos, como en los cromos; pero, en rigor, desde dentro el hombre nunca es nada, escapa a cualquier definición por una inconsistencia profunda. Hay tanta miseria en el fondo de todos los hombres, la nada los carcome tan completamente, que, muy a menudo, al acercarnos a un adversario que desde lejos nos parece duro y compacto como una piedra, nos damos cuenta de que, en verdad, frente a nosotros no hay "nadie" a quien podamos detestar: nadie ha querido verdaderamente esos actos escandalosos, éstos no han sido deliberados, sino el resultado de un capricho, de un aturdimiento, de un azar, de un error. Y aun cuando hayan sido queridos, no lo fueron en cuanto realización de un mal. "Nadie es voluntariamente malo", dijo Sócrates; quien los cometió buscaba cierto bien: al menos, el suyo propio; acaso fuera egoísta, corto de miras, superficial; pero si indagamos con sinceridad en nosotros mismos, ¿quién se atreverá a decir: "Yo soy mejor que ese hombre"? Hace falta mucho orgullo y muy poca imaginación para juzgar a los otros. ¿Cómo evaluar las tentaciones que un hombre haya podido sufrir? ¿Cómo apreciar el peso de las circunstancias que dan a un acto su verdadera figura? Habría que tener en cuenta la educación de ese hombre, sus complejos, sus fracasos, todo su pasado, la totalidad de su compromiso en el mundo. Entonces, a buen seguro, su conducta se explicará; se podría explicar incluso a Hitler, si se le conociera bastante íntimamente. Pero explicar es comprender, es ya admitir. En la medida en que derivan de una situación y un temperamento dados, los crímenes mismos pierden la arrogancia que los hacía aborrecibles. El aspecto objetivo que en principio asumían a nuestro ojos se disipa. No han existido de esa manera para su autor, y éste, a no dudar, es sincero cuando se niega a reconocerlos, y aduce: "No había querido eso; no lo había entendido".

Simone de Beauvoir en "El existencialismo y la sabiduría de los pueblos", Edhasa, 2009 (pág. 141)

Simone de Beauvoir

“Pierda el hombre, por lo tanto, la esperanza de refugiarse en su pureza interior, y también la de perderse en el objeto ajeno. La dispersión temporal y la separación de las conciencias no le permiten soñar con una reconciliación definitiva consigo mismo. El desgarramiento que es su destino es el rescate de su presencia en el mundo, de su trascendencia y de su libertad. Si trata de huir, termina por perderse: no hace nada, o lo que hace no es nada. Debe asumir su libertad. Sólo a ese precio llega a ser capaz de superar realmente lo que está dado –ésa es la verdadera moral- y de fundar realmente el objeto en el cual se trasciende, y ésa es la única política válida. A ese precio, su acción se inscribe concretamente en el mundo, y el mundo donde él actúa es un mundo dotado de sentido, un mundo humano.”

Simone de Beauvoir en “El existencialismo y la sabiduría de los pueblos”, Edhasa, 2009 (pág. 97)