Algunas reflexiones sobre el consumismo

Uno de los últimos post de Julen Iturbe en su blog Consultoría artesana en red en el que habla de las trampas de la economía de la gratuidad me ha sugerido la siguiente reflexión:

Todos estamos de acuerdo en que hemos ¿avanzado? y seguimos ¿avanzando? hacia formas de consumo cada vez más y más expansivas. Aumenta la capacidad productiva del mundo y podemos ¿gozar? de más y más productos y servicios que consumir, en la medida que aumenta nuestro poder adquisitivo. Si no aumenta, o disminuye, -lo que sucede a una gran parte de la humanidad- nos constituimos en esclavos del sistema. Y como hacía notar Manuel Vicent en un reciente artículo (Esclavos), todos los sistemas han tenido esclavos.
Librarse o no de esta condición depende de si se está por encima o por debajo de la raya. Pero tampoco se trata de un listón objetivo y universal, ni mucho menos, ya que las necesidades que uno necesita cubrir las ¿decide? uno mismo, dependiendo de su entorno sociocultural, los hábitos adquiridos, su voluntad de libertad, etc. Cada uno se marca su propio listón de cobertura de necesidades. Hay personas que tienen un listón mucho más bajo que aquel al que pueden acceder y ello les hace más libres y hay otras que aumentan su listón continuamente o lo tienen establecido muy muy alto con lo que su dependencia respecto del sistema, su necesidad de mantener o aumentar su poder adquisitivo, les hace esclavos y les hace, por ejemplo, elegir trabajos mejor remunerados pero menos realizadores o hacer cosas como plegarse a los deseos de sus jefes, no ser auténticos, anteponer el dinero a la ética, aferrarse a su puesto caiga lo que caiga, etc.
Cada uno elige cómo quiere vivir. Bueno, un apunte, ya que resulta cínico hablar en estos términos en referencia a gran parte de la humanidad para quienes el poder adquisitivo no alcanza el nivel de subsistencia. Para otra parte de la humanidad, ciertamente, muchas de las angustias, ansiedades, estreses se deben a que nos fijamos un listón que no nos permite vivir sin esclavitud. Y es el propio sistema además el que nos anima continuamente a subir ese listón a través de sus mecanismos ideológicos: inducción al consumo, asimilación de éxito y aceptación social según las formas de consumo (coches -cada vez más amplios a pesar de que las familias son cada vez más reducidas-, vacaciones, casas de película, vida social, ropa de marca y de uso muy corto, masters para los hijos, etc.), etc.
Tendremos que aprender a hacer pedagogía contra-corriente si queremos vivir mejor y que la gente viva mejor. No hay que olvidar que el miedo suele ser una de las armas más poderosas del poder, al igual que la reducción de las posibilidades vitales a aquellas que favorecen sus lógicas es también una gran arma del sistema.

Otra reflexión que me suscita el citado post es que vamos hacia una continua expansión de la cantidad en detrimento de la calidad. Empezando por la telebasura o los agobiantes banners publicitarios de Internet; las tendencias en alimentación: prima la estética, la presentación atractiva –con mucho envase- en detrimento de la calidad; ropa que se aja y deteriora en poco más de una temporada -o ni llega-; las empresas que saben que el negocio está en el mantenimiento –en fidelizar al cliente- y no en la venta de un producto de calidad; etc.
Creo que todo esto tiene que ver con el siguiente fenómeno: la total disociación hoy en día entre el valor de cambio de algo y el valor real que aporta, que conlleva todo tipo de situaciones extrañas, kafkianas. Desde elementos de verdadero valor que son adquiridos gratuitamente (como el caso de los “becarios gratis” que cita Julen en su post) a elementos cuyo valor de cambio se infla hasta límites increíbles (como aquel caso de agua de grifo que embotellaban y vendían en Gran Bretaña, multiplicando por 350 su precio de coste).
A veces, estas diferencias se nos venden como el gran chollo de la economía actual (cuando se trata de lo barato) o ejemplos de una habilidad empresarial digna de admiración (cuando lo contrario). Pero creo sinceramente que, desde esta disociación entre el valor monetario y el valor verdadero, avanzar hacia una economía de mayor coherencia y más humana es imposible. Por lo que he aquí otra lógica imperante que tendremos que empezar a desmontar. Se admiten sugerencias... No creo que el camino sea intentar restituir (si alguna vez lo hubiera habido) un valor monetario más dependiente de su aportación real de valor; me parece que por ahí no hay nada que hacer. Sino más bien empezando a dejar de actuar en múltiples ámbitos en función del valor de cambio. Y quizá ahí todos podemos poner algo de nuestra parte...


___________________________ Posts relacionados a éste:
Desvelando lógicas

6 comentarios:

Alpha dijo...

Abrumador, Maite, y tan interesante como brillante. Un simple comentario: La gratuidad se inscribe en la medida del valor de cambio, en su rango. Es, al fin y al cabo, el valor de cambio que tiende a cero; no traspasa la lógica del sistema. Como ya te he dicho antes, prueba con la economía del don...

Ulises dijo...

Tenía aún reciente la lectura de este post cuando ayer en una de las escenas finales de Blade Runner oí estas palabras en boca del último replicante:
"Es toda una experiencia vivir con miedo, ¿verdad? Eso es lo que significa ser esclavo".
Había visto esta escena antes, pero entonces su significado era más extraño, más ajeno, más alejado. Las cosas a veces parecen unirse, relacionarse, cobrar nuevos significados, esenciales... Algo así me debió de pasar...

Julen dijo...

Desde luego que la "cantidad", la "abundancia" es moneda de uso corriente en nuestra sociedad del primer mundo y eso es sangrante cuando hay otras partes en el mundo que... en fin, para qué hablar.
El caso es que la "economía de la abundancia" ya está aquí y la tomamos como punto de partida para muchos análisis, sin cuestionarla. Y así, no. Yo me bajo de este tren.

Alfonso Vázquez dijo...

Como casi siempre, no nos entendemos con los conceptos que utilizamos, ya que cada cual, y es muy libre de hacerlo, los usa como quiere. Yo distinguiría entre la “economía de la opulencia” (ver ya en 1900 el magnífico ensayo “Teoría de la clase ociosa”, de Thorstein Veblen), que es a la que se refiere Julen, y “economía de la abundancia”.
La economía ha sido definida tradicionalmente como “gestión de los recursos escasos”; sin embargo, la idea de la “economía de la abundancia” sostiene que el potencial de la riqueza acumulada en nuestras sociedades permite vivir con dignidad a todo el planeta (de aquí se deriva la idea de la renta básica, que es diferente a como se aplica, caritativamente, entre nuestras administraciones) y que las brutales distorsiones en su distribución vienen basamentadas en la lógica de un sistema que identifica, desde hace casi tres siglos, crecimiento con acumulación de dinero en manos de quienes ya lo tienen. Hace siglos el “avaro” era una figura odiosa -¡pobre! no había yates para comprar- mientras que hoy es el “héroe” de la economía (aunque en lugar de tener el dinero en el cofre lo tenga en mansiones, yates, o paraísos fiscales.)
Partir de esta economía de la abundancia puede dar lugar a desarrollos de alternativas socialmente revolucionarias que quedan vedadas en la lógica del capital, para la que, lógicamente, sólo la escasez, el deseo no satisfecho por falta de recursos, la carencia, provocan la actitud de sumisión para ganar el dinero que nos permita comprar lo que no podemos comprar. Como dicen Deleuze y Guattari:
“Nosotros sabemos de donde proviene la carencia –y su correlato subjetivo el fantasma. La carencia es preparada, organizada, en la producción social. Es contraproducida por mediación de la antiproducción que se vuelca sobre las fuerzas productivas y se las apropia. Nunca es primera; la producción nunca es organizada en función de una escasez anterior, es la escasez la que se aloja, se vacuoliza, se propaga según la organización de una producción previa. Es el arte de una clase dominante, práctica del vacío como economía de mercado: organizar la escasez, la carencia, en la abundancia de producción, hacer que todo el deseo recaiga en el gran miedo a carecer, hacer que el objeto dependa de una producción real que se supone exterior al deseo (las exigencias de la racionalidad), mientras que la producción del deseo pasa al fantasma (nada más que al fantasma).”

Y no te bajes, Julen, que creo que los andenes han desaparecido y el tren está desbocado...

Maite Darceles dijo...

Muchísimas gracias Alpha, Ulises, Julen por vuestros comentarios y en especial a ti, Alfonso, por la extensión del mismo y por las interesantes reflexiones que aportas. Tu comentario sobre el avaro -"Hace siglos era una figura odiosa -¡pobre! no había yates para comprar- mientras que hoy es el “héroe” de la economía"- me recordó este cuento que leí hace poco: caricaturiza al avaro clásico, a lo absurdo de su avaricia. ¿Llegaremos a entender que la acumulación de capital en sí y para sí, como fin último, es así de absurda?

Maite Darceles dijo...

Saio nos aporta al co-taller la escena de Blade Runner a la que Ulises hacia mención en su comentario:http://www.youtube.com/watch?v=5BIakRTq25E

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