Apertura y duda

  • El problema de la teoría es que nos la creamos.
  • Las teorías, los conceptos, las ideas sirven para interpretar la realidad no para explicarla.
  • Fijarnos demasiado a una idea nos mutila como personas, como seres inteligentes y como agentes.
  • La historia y la vida nos ofrecen innumerables ejemplos de esto.

Recomiendo este artículo de Gustavo Martín Garzo (que ya llevé a delicious, twitter y demás) para seguir reflexionando sobre estos temas.

Recientemente tuve la oportunidad de escuchar una conferencia de Claudio Naranjo y me ha hecho pensar sobre la espiritualidad: ¿Qué es? ¿Me atrae?

Si entendemos la espiritualidad como el desapego de las ideas, en busca de una dimensión de vida diferente a –o capaz de trascender de– la ficción que cada una nos construimos (en lo simbólico y en lo imaginario [1]), bienvenida sea.

El centro de esta ficción es el ego, y se expresa en todo nuestro flujo mental (pensamiento, delirio, sueño) y, por supuesto, también en nuestra acción (que en el extremo sería obsesiva, instrumental, calculada…).

Se habla, así, de vaciar la mente, pero no en sentido literal, claro, sino –entiendo– en el de desapego, o capacidad de observarnos, de sentirnos sin que esta pseudopersona que nos hemos construido en esa ficción se nos apodere y la identifiquemos con “yo”.

La espiritualidad así entendida es un buen terreno para la materialidad o acción de transformación social. Me explico:

Puedo llegar a entender una idea como no válida y desapegarme de ella, pero la comunidad, la sociedad, me sigue exigiendo que opere según sus pautas. Es el pan nuestro de cada día.

Transformación significa, entonces, poder construir un simbólico e imaginario más acorde a mi autenticidad sin que ello me aleje de lo social. Cuando no cabe la transformación la sociabilidad exige alejarme de mi autenticidad (adaptación, conformidad): vivo a través de este personaje interpuesto que podemos llamar ego. La ausencia total de sociabilidad es algo así como la muerte en vida. Pero ¿y qué es la ausencia total de autenticidad en la vida, la presencia invasiva, exclusiva, masiva de egos y personajes? Quizá sean seres nunca nacidos.

Hablaba de entender la espiritualidad como esta capacidad de desapego a las ideas. Sin embargo, no parece que sea ésta la única visión de espiritualidad. Si entendemos la espiritualidad como lo contrario, es decir, como la fijación a unos ideales, no la quiero, ni para mí ni para la humanidad. Esta siempre conduce a lo contrario de aquello que predica; niega la transformación, exige adaptación y conformidad; encubre atrocidades, o cuando menos, deriva en irresponsabilidad social y dolor (soy consciente de que el sufrimiento es parte inseparable e inexorable del vivir).

La sociabilidad nos exige renunciar al camino de la autenticidad.
La responsabilidad social exige transformar los planos imaginarios y simbólicos de las comunidades para que alberguen a seres más auténticos, menos dependientes del ego.

Todo esto me hace pensar que el clásico “Conócete a ti mismo” no es suficiente, sino que también es necesario profundizar en las lógicas del sistema, en los elementos y fuerzas de relación y poder establecidos en la sociedad para otro posible mundo mejor. Con apertura y con actitud de duda.

En todo caso, una espiritualidad que nos haga más capaces de transformar el mundo, la sociedad, y no una que nos evada de ella; aunque ésta es legítima como solución individual, no lo es como colectiva.

“¡¡Qué complejo!!” podéis decir, pero ¿nos creemos el mensaje de la complejidad del mundo en que vivimos o qué?


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[1] Este escrito está basado también en un esfuerzo de reinterpretación de los tres registros (Lo Real, Lo Imaginario y Lo Simbólico) de Lacan sobre los que también elabora Žižek.

Nota: la imagen es del cartel de la película Cien Clavos

2 comentarios:

Alfonso Vázquez dijo...

La verdad, Maite, es que el tema de la “espiritualidad” me chirría mucho. Tal vez, una deformación personal de mi edad y de mi historia. No sé muy bien qué es lo “espiritual”, más allá de las teorías de Leibnitz (que separa espíritu y psique de la materia, de lo corporal, dando al primero el origen primigenio) y de la terrorífica educación que tuve.
Siendo adolescente teníamos que hacer “ejercicios espirituales”, de los que no podía librarme, encerrado en un local siniestro lleno de cruces y señales mortuorias. Un recuerdo que me ha quedado de aquellas diabólicas sesiones (aunque “santas”) fue un relato que vino a contarnos un sacerdote que lo había vivido de primera mano (no sé cómo, pero eran los “conferenciantes” de entonces):
“Un jovencito, como nosotros entonces, se subió a un tendido eléctrico para masturbarse (ni entonces ni ahora he conseguido entender el efecto excitante que producen los tendidos eléctricos) y, cuando hubo llegado al éxtasis, agotado, cayó sobre los cables, electrocutándose de forma inmediata. Ni tuvo tiempo de arrepentirse, ni mucho menos de confesarse, por lo que, para toda la eternidad, sufre en el infierno. Moraleja: Nunca dejes que la carne te domine, porque nunca sabes cuán cerca está la muerte.”
Y no hay posible “desapego de las ideas” ni “vaciamiento” del ego. Hay variaciones, evoluciones –tú misma te refieres a Lacan y Zizek-, pero, llámalo como quieras, la cultura, lo simbólico, lo primigenio, lo social… permanece. La llamada “espiritualidad” es, así, una idea más, una forma de vida que, igual que otras, conduce actitudes y conductas, ni mejor ni peor, pero tampoco esencialmente diferente, como pretenden sus adláteres.
Luis Buñuel, que trató mucho este tema (“Nazarín”, por ejemplo), tiene una película corta que es muy significativa de este corte imposible entre la corporeidad y la espiritualidad: en “Simón del desierto”, el bendito Simón se sube a una columna a la pata coja para alejarse de las tentaciones carnales. Pues bien, toda la película discurre entre la columna como elemento de protección y sus continuas tentaciones, incluyendo la memorable escena del diablo tentándole como pastorcita erótica…

Maite Darceles dijo...

Lo espiritual sería, entonces, una idea, mejor, todo un entramado simbólico, que quiere alejarse de lo corporal, que se cimenta en la negación de lo corporal.
Sin embargo, las alusiones a la experimentación, a la vivencia, son continuas desde, al menos, algunas corrientes que invocan la espiritualidad (como es el caso del citado conferenciante).
Toda vivencia -incluso el estado de éxtasis místico- es corporal; no es casual -creo yo- que reciba éste el mismo nombre que el éxtasis sexual: intuyo que la vivencia de ambos tipos de éxtasis -y de otros que también pueda haber, como el provocado por ingesta de estupefacientes, por ejemplo- sería similar (eso sí, articulados en entramados simbólico-imaginarios distintos, por supuesto; pero también las personas desarrollan entramados simbólico-imaginarios bien distintos para su excitación sexual -el malo Frank Booth (Dennis Hopper) de Terciopelo azul de David Lynch como ejemplo-); y no me cabe duda de que la vivencia del éxtasis es corporal, pues no hay otra existencia.
Este escrito pretendía -quizá no he acertado en ello-, sugerir una reflexión sobre esta posible contradicción básica del concepto de espiritualidad: cuerpo o idea /vivencia de vacío o llenado de "ego espiritual" / desapego, liberación o fijación / transformación o adaptación / ...
Muchas gracias, Alfonso y hasta siempre.

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